Por Petra Saviñón
La lluvia volvió después de una larga sequía que mermó la agricultura y la ganadería. Al principio trajo alivio al campo de cosechas mareadas y pasto seco que enflaqueció al ganado. Pero detrás venía la devastación que daño más aún los cultivos y enfermó a los animales. Los humanos también sintieron su golpeo.
Casas anegadas y arrasadas, familias evacuadas, calles que pasaron a lagos llenos de hoyos, de alcantarillas sin tapas. Refugio de la muerte a esperas de una pisada en falso para tragar con más ganas a niños de barrios marginados, olvidados.
Cañadas desbordadas que arrancaron ajuares a los que menos tienen, porque ya lo advirtió la Biblia, al que poco tiene hasta eso le será quitado.
Los agricultores, sobre todo, los pequeños, eran los que más anhelaban el agua que cae del cielo. Sus siembras perecían bajo un sol que si bien les bendice, igual puede ser inclemente y achicharrar plantas y esperanza.
Claro que los aguaceroos no son lo único que necesitan los productores de matitas salteadas con las que buscan evadir la miseria atroz y rural. Requieren esa mirada solidaria de las autoridades, que parecen dejarles a su suerte, en olvido de que su trabajo también alimenta al país.
Sí, el apoyo gubernamental es importante y las precipitaciones esenciales y cayó líquido celeste. Pero como al encuero todo le llega menos ropa, vino a cántaros, a raudales, torrencial y todos esos lugares comunes usados para acompañar a ese regalo natural cuando es abundante y desbordante.
Ya no fue el solicitado chubasquito para mojar la tierra, dar de beber al ganado y que hiciera crecer la yerba que lo sostiene. Llegó una familia entera de chubascos, término diminutivo del portugués chuba, lluvia pero que entró agigantado.
Como en el cuento “Dos pesos de agua”, de Juan Bosch, parece que a los campesinos las ánimas los olvidaron igual que a la vieja Remigia y cuando recordaron sus súplicas las sumaron en una avalancha que a muchos apenas les dejó el terreno.
Ojalá que el Gobierno sí acuda a tiempo a atender sus necesidades, que el socorro estatal los ampare, que llegue a los que lo necesitan y este sí puede ser vasto. Que venga a montones, que no deje de venir.
Los dos pesos de agua que ahogaron al campo y la ciudad
La lluvia volvió después de una larga sequía que mermó la agricultura y la ganadería. Al principio trajo alivio al campo de cosechas mareadas y pasto seco que enflaqueció al ganado. Pero detrás venía la devastación que daño más aún los cultivos y enfermó a los animales. Los humanos también sintieron su golpeo.
Casas anegadas y arrasadas, familias evacuadas, calles que pasaron a lagos llenos de hoyos, de alcantarillas sin tapas. Refugio de la muerte a esperas de una pisada en falso para tragar con más ganas a niños de barrios marginados, olvidados.
Cañadas desbordadas que arrancaron ajuares a los que menos tienen, porque ya lo advirtió la Biblia, al que poco tiene hasta eso le será quitado.
Los agricultores, sobre todo, los pequeños, eran los que más anhelaban el agua que cae del cielo. Sus siembras perecían bajo un sol que si bien les bendice, igual puede ser inclemente y achicharrar plantas y esperanza.
Claro que los aguaceroos no son lo único que necesitan los productores de matitas salteadas con las que buscan evadir la miseria atroz y rural. Requieren esa mirada solidaria de las autoridades, que parecen dejarles a su suerte, en olvido de que su trabajo también alimenta al país.
Sí, el apoyo gubernamental es importante y las precipitaciones esenciales y cayó líquido celeste. Pero como al encuero todo le llega menos ropa, vino a cántaros, a raudales, torrencial y todos esos lugares comunes usados para acompañar a ese regalo natural cuando es abundante y desbordante.
Ya no fue el solicitado chubasquito para mojar la tierra, dar de beber al ganado y que hiciera crecer la yerba que lo sostiene. Llegó una familia entera de chubascos, término diminutivo del portugués chuba, lluvia pero que entró agigantado.
Como en el cuento “Dos pesos de agua”, de Juan Bosch, parece que a los campesinos las ánimas los olvidaron igual que a la vieja Remigia y cuando recordaron sus súplicas las sumaron en una avalancha que a muchos apenas les dejó el terreno.
Ojalá que el Gobierno sí acuda a tiempo a atender sus necesidades, que el socorro estatal los ampare, que llegue a los que lo necesitan y este sí puede ser vasto. Que venga a montones, que no deje de venir.

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