A la bondad con forma de mujer 

Por Petra Saviñón

Hoy, este texto es para esa mujer cuya sonrisa derretía el más grande malhumor, capaz de desinflar enojos y provocar carcajadas y que a esta hora debe tener entretenido a Dios y a todos los que anden por ese cielo que tan bien ganado tiene.

Una mujer simple, carente de amplia formación académica que podía dar cátedras sobre el buen convivir, ahora que está de moda ante tanta intolerancia. Este artículo es para ti, mami.

A veces me era incómoda tanta nobleza, ese afán porque los otros estuvieran bien, aún a costa de tu bienestar. Esa cualidad de olvidar los desagravios, de tender la mano, incluso a los que antes la habían mordido.

Si desde algún lugar del paraiso viste tu funeral y luego la misa, sabrás que lo más comentado fue tu abrazo siempre disponible, calma en la angustia y refuerzo de la alegría y claro, el sentido del humor, con el que quitabas hasta dolores de cabeza y evitabas riñas.

Pero no sé si estuviste por ahí, en miradera, porque pronta a entregarte al consuelo de los afligidos, cómo dice esa oración que rezabas, esos servicios fúnebres siempre te parecieron organizados para los vivos.

Qué personaje celestial haz de ser allá arriba, mientras aquí, en este valle a veces de lágrimas y de lava, y otras de carcajadas dejas ausencia, dolor y rabia por la manera en la que te llevó la muerte. 

Mas, ese modo de morir no define tu vida y preciso ese fin de tus días, reconfirma mi creencia de que la enfermedad y la muerte no son castigos, solo circunstancias dulces o terribles que permean y a veces forran este discurrir.

Qué grato que los que te conocieron te valoraron viva, bien viva, como llegaste al final. Maestra del encantamiento, del humanismo.

Por eso es absurdo si quiera pensar en la posibilidad de que tú dios de bondad, de luces, que te creó a su imagen y semejanza quisiera castigarte con ese fin.

A ti, que te negaste a ti misma para pintar arcoíris en tu prójimo, que convertiste una enfermedad lancinante en razón para volcarte a los otros, a esos tus hermanos.

A ti, que sembraste flores encima de los odios y el maltrato.