Por Petra Saviñón
La depresión, la peor de las enfermedades, a veces no da síntomas inmediatos y en ocasiones nunca. Por eso la incomprensión que suele rodearla, agranda cuando el enfermo está en euforia, con ánimo para hacer cosas que no impliquen responsabilidad. No así para asumir tareas, para responder como los demás esperan ante compromisos.
Las manifestaciones son tan diversas, tan asombrosas que generan confusión. Una persona deprimida puede estar triste en la mañana y efusiva en la tarde, lo que da una falsa idea de que está bien. Incluso puede caer en tristeza y furor al mismo tiempo.
Puede volverse pusilánime y agresiva por momentos, tener energía para bailar y relajar. Mas, no para trabajar ni estudiar. Estas reacciones vuelven aún más difícil comprender la estigmatizada patología.
Entonces si un afectado con todas las características esperadas, no es tratado con conmiseración y en cambio es instado a “poner de su parte” ¿qué espera uno que canta, ríe y alborota, sin que a sí mismo le sea posible comprender un comportamiento distinto en comunidad al expresado en solitario, cuando golpea el desánimo?
Los deprimidos, asintomáticos o no, pueden ser tildados de vagos, haraganes, de sin iniciativa y hasta de avivatos, porque no aportan a su casa, a su entorno, a la sociedad y rehuyen el compromiso.
La cosa empeora si son descubiertas las drogas como mecanismo de escape. Entonces ese refugio maldito sí acarrea una cadena de abandono y de recriminaciones que lo encierran en un círculo de espanto.
Lo cierto que con señales o sin estas, la depresión es una enfermedad que estraga, que discapacita, que desencadena incluso otros males como los cardíacos, la diabetes, pérdida de la memoria, deterioro de la voz y catatonia (falta de movimiento, rigidez, mutismo…).
Entonces, ante este cuadro tétrico, un poco de compasión siempre viene bien.