De la euforia a la rutina, año por año

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Por Petra Saviñón

Como si de golpe, todo lo viejo ha pasado, la gente actúa en víspera de año nuevo y pocos días después con otros aires, la actitud es distinta y una sabrosura, un optimismo invade al colectivo.

Claro que hay excepciones y a unos les es indiferente el cambio de fecha que regirá por doce meses y a otros, el jolgorio alrededor no les saca del agobio que los arrastra a un abismo, insondable o no.

Al contrario, la época navideña, cada vez más larga, aumenta en muchos la depresión, el estancamiento y la ansiedad, esa desesperación que invade de punta a raíz, a veces sin causas identificadas.

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Mas, los que sí gozan de este cambio, lo viven con sus antecedentes, cada actividad previa, día por día  disfrutan cada detalle que lo rodea y que con la incesante imaginación humana, son cada vez más y así cada Navidad trae ingredientes anexos a la anterior.

Al acercarse el final de año, entonces queda afianzada la expectativa, el anhelo, la esperanza de que lo vendrá, obvio para bien. Por eso las celebraciones, con  mucha comida y alcohol incluidos, la rumba hasta el amanezca y el descontrol del consumismo.

Para a los pocos días volver al ritmo habitual, a escribir como cotidiana la fecha que al principio era difícil asumir, por la costumbre de estar un año completo con  la pasada.

Así volvemos a la normalidad, a la rutina de vivir en un diario trajinar que para tantos es el mismo círculo esclavista.

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