Por Petra Saviñón
Suele ocurrir que la gente con menos autoridad para criticar, para cuestionar las acciones ajenas, es las que más lo hace y pese a su larga cola no teme pisar la de su prójimo ni cantar a los cuatro vientos errores ciertos o falsos. Mas, los suyos son invisibles o eso creen.
No les remuerde la conciencia dañar reputaciones y van campantes por la vida que han inventado, con la imagen de probos, con el estandarte de valores que estrangulan en cada acto, a cada paso.
Capaces son de hablar de moral, de ética, de honestidad, pero a espaldas de quienes les creen predican, lo contrario, incurren en lo opuesto y gozan de privilegios que a otros perjudican, pero nada pasa, porque suelen estar apoyados por los que deben fomentar la equidad.
Entonces defendido y defensores olvidan que la diferencia entre derechos y privilegios es que los primeros son ganancia común, los otros solo para un sector y al resto los perjudican.
Lo mismo que estos individuos, sus protectores osan hablar de equilibrio, de igualdad y justifican su preferencia, su atropello con las más vagas y absurdas excusas.
Estas situaciones pueden surgir en cualquier ambiente, en el más común o reservado espacio. Donde quiera que habite el espécimen humano, lo hará con sus cargas de bondades e incongruencias.
Como dicen que la rueda de la vida acoteja todo y que al final todo queda donde debe estar, resta solo confiar en que sea cierto y que ocurra antes de que de la rueca de la parca termine el hilo de los perjudicados.
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