Por Petra Saviñón
El apego ansioso es un antiguo mal que no inventaron las redes sociales. Como otros muchos, ya existía antes de que esas herramientas de comunicación entraran a la escena diaria y en algunos casos la tomaran hasta tragarse la vida cotidiana y devolverla convertida en otra cosa.
Ocurre con esta patología que, como otras tantas, la tecnología la evidencia más. Pero es vieja esa necesidad de ser apreciado, de ser valorado, tomado en cuenta y para lograrlo, los seres humanos incurrimos hasta en acciones indignas.
Convertimos en grandes amigos o en parejas a personas de las que apenas sabemos algo más que su nombre. Nos aferramos a gente que no solo no aporta, nos destruye y siempre hallamos argumentos para justificarla.
Atados a esa relación insana, vivimos cobijados al principio por la esperanza de cambio. Mas, luego estamos tan anulados que nos rige el autoengaño. Esta enfermedad halla ahora un nicho en las redes sociales. Allí trasladamos la necesidad de ser visibles, de que los demás sepan que existimos.
Alimentamos esas plataformas con contenido personal a veces inapropiado, convertimos en público el más mínimo detalle de nuestra vida y hasta nos ponemos en riesgo y a otros.
En los grupos de guasá somos los que más opinamos, los que más subimos cosas, sin importar hora, sin pensar que en que podemos causar molestias a los demás miembros.
Este mal muestra un autoestima vulnerable, lo mismo que stalkear, que en el sentido simple no es más brechar, espiar las redes sociales de otras personas y en el grave, vigilar para amenazar y tampoco es nuevo. Su antecesor es el llevavidismo o llevar vida ajena (debo patentizar el término).
Así, las redes lo único que han hecho es magnificar las oportunidades de desarrollar esas conductas, no crearlas. Por tanto, es injusto atribuirle su autoría, lo mismo que achacarle el efecto espectador, que un grupo de gente en lugar de ayudar grabe a una persona en indefensión.
Este fenómeno fue bautizado en 1964, cuando en Queens, Nueva York, Kitty Genovese, fue apuñalada por un violador frente a 38 testigos. Los sicólogos plantean que nadie actúa porque piensa que otro lo hará, porque esperan a los demás para saber qué hacer o por temor al ridículo.
En esta era, claro está aparte de no accionar, suman las grabaciones que serán luego subidas a la internet. Entonces ese mecanismo sirve como apoyo a estas condiciones de insania.
De este modo queda evidenciado que las redes solo son una vía para manifestar y fomentar comportamientos, buenos y malos, no sus inventores.