Por Petra Saviñón
Sería penoso, cruel que líderes religiosos aprovechen la fe para sacar beneficios, que exploten la vulnerabilidad de los que acuden a refugiarse en las doctrinas para engrosar sus arcas.
Mucha gente va a esos espacios en momentos de angustia, de tormentos terribles y asiste para encontrar paz, apoyo que viene de arriba, de su creador, transmitido de forma directa o mediante mensajes que Dios envía con otros fieles.
Qué daño si en cambio, lo que ocurre es que su dolor es usado como mercancía, como trampolín para ascender en lo económico y en lo social, pues a mayor grey, más relevancia puede adquirir el que la dirige.
Si esto ocurre, entonces ese crimen de lesa humanidad, que así es, aunque no figure como tal en ningún código, convierte a esos falsos guías en monstruos, en seres abominables.
En medio de la fragilidad, los humanos necesitamos un bastón, un ancla que nos sostenga, que nos ampare y por esto, muchos entienden que las iglesias son la herramienta perfecta y hasta allí acuden a buscar refugio, consuelo ante esas adversidades, esos fardos que tanto cuesta cargar.
Las congregaciones religiosas tienen el poder de levantar con su apoyo, de transformar con su auxilio vidas destrozadas y ese amor sembrado en el prójimo, sustentado sobre los preceptos de la doctrina, logra el milagro de la transformación del dolor en camino de esperanza, vuelve más ligera la cruz.
Por esto es repugnante siquiera pensar en usar en provecho propio la debilidad, la desesperación que lleva a tantos hasta los templos. Sería una crueldad incalificable.
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