Por Petra Saviñón
Desde que el presidente Luis Abinader exhortó a entregarse a las personas envueltas en el tiroteo de Boca Chica que dejó dos muertos y 17 heridos, empezó el corre corre, aumentaron los intercambios de disparos.
Después vino el asalto a la casa del merenguero Julián Oro Duro, con la muerte de su esposa, Zenaida Castillo y la advertencia del mandatario fue precisa, dura, «entréguense o les irá peor».
Uno de los cuatro supuestos implicados acudió a un programa de plataforma digital a anunciar su entrega y ni corta ni perezosa, la Policía armó rauda una breve rueda de prensa para decir que lo tenían identificado y que fuera a ponerse a disposición.
Lógico, si ya había ido a un medio es lo normal, que lo identificaran. Pero, la población que aun no veía la entrevista, creyó que el muchacho acudió por el llamado del cuerpo del orden.
Desde ese momento, las muertes de jóvenes a manos de agentes incrementaron aún más y ya van 44 mal contados. El viernes 17 con trágico récord de ocho, lo nunca visto en la historia republicana.
El lunes, el gobernante no disimuló su malestar, su ira. Sus asesores no le indicaron que debía lucir relajado, no lo creyó necesario o no pudo controlarse ante el avance de la criminalidad.
Junto a su equipo del área de seguridad en una elegante mesa, vuelve a instar a los prófugos a que vayan a ponerse donde el jefe los vea y enfatiza con un manotazo en la que aparenta una cara madera.
Está molesto y no le importa que el país lo sepa. Es como el padre jarto de los hijos que no hacen caso, que no obedecen y olvida que muchas son las razones para desatar la rebeldía en la prole y que ese es el punto a reducir.
El hombre de ascendencia árabe quizás rememora que antes de que ese pueblo surgiera de las entrañas del hebrero, o sea, cuando eran uno solo, los progenitores llamaban la atención tres veces a sus descendientes y si no acataban, podían salir a las puertas de la ciudad y lapidarlos.
Esto terminaba con esos hijos, pero no con la desobediencia instaurada en la sociedad. Es lo mismo, señor presidente, matar a los delincuentes no mata la delincuencia.
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